Artículo de nuestra colaboradora Sandra Castro.

 

Un tiro errado, un putt que no entra, pueden desencadenar una serie de despropósitos en nuestro comportamiento. Vemos a jugadores, desde profesionales a amateurs, golpeando el suelo con el palo, repasando el santoral o gritando cualquier improperio.

En numerosas ocasiones somos testigos, dentro y fuera del campo de golf o la cancha de prácticas, de reacciones poco deportivas o estallidos de ira por parte de jugadores adultos y lo que es más preocupante, cada vez más niños caen en este tipo de falta de manejo de la frustración.

Este tipo de conductas no dañan solamente la imagen que se proyecta hacia afuera, nos hace daño a nosotros mismos, aunque no seamos conscientes de ello, porque normalmente y en condiciones cotidianas no somos así. Pero ante un mal golpe, perdemos los papeles porque nuestros niveles de autoexigencia o la visualización del golpe en nuestra mente, no eran para nada así. Pero vayamos por partes, ya que cada una de estas vías tiene sus implicaciones inconscientes.

Comencemos indagando en cuando es la autoexigencia la que nos lleva a perder el control por unos breves momentos o puede llegar a sacarnos totalmente de juego. Un caso cada vez más obvio en niños o adolescentes, las canchas de practicas están llenas de chavales que se tiran horas y horas pegando bolas, pero se aprecia que la calidad del entreno, aunque pueda ser perfecta técnicamente gracias a sus entrenadores, el nivel de frustración es demasiado elevado.

No hay ningún manejo o control de dicha frustración. Se consideran enfados debidos a la autoexigencia, el chico es muy competitivo o el jugador en general, o quiere ejecutar la rutina a la perfección. Les enseñamos a soñar, a luchar, a esforzarse por llegar a su meta y tener éxito. Pero ¿ qué herramientas les damos para autogestionarse?, ya que todos sabemos que el golf es técnico, pero también es un deporte “de cabeza”.

La clave en este punto, puede ser crear una perspectiva diferente. Primero respecto al éxito, y aquí tenemos el ejemplo claro de Miguel Ángel Jiménez, para quien el éxito consiste en simplemente hacer lo que le gusta y disfrutar con ello. Ama jugar al golf y es consciente de la suerte que tiene al vivir haciéndolo.

Si somos capaces de ver y aplicar esto a nuestras rutinas de entrenamiento y juego, incluso de trasladárselo a los jóvenes jugadores, la calidad del juego sería eficiente.

Respecto a la autoexigencia, bien entendida, es perfecta. Exígete el trabajo y la constancia, pero alejémonos del resultado final. Trabajando adecuadamente, los buenos golpes, los buenos resultados terminan saliendo. Pero si creamos ansiedad por llegar a ellos, vienen las aceleraciones posturales, el levantar pronto la cabeza para ver el resultado del impacto y otros errores causados por la anticipación.

Aquí podemos aplicar el principio Zen de fluir. Hacer la rutina de tiro y no pensar en nada, aplicar la técnica sin esperar un resultado concreto. Fijar el objetivo, preparar el golpe y hacerlo sin más. Lo podemos aplicar en el campo con la estrategia de juego de la misma forma, estando presentes en el momento, en cada golpe y apuntando hacia el punto donde queremos que vaya la bola, pero fluyendo con y por el campo.

Respecto a la visualización, pasa exactamente lo mismo, puedes visualizar el tiro o el putt, pintando en tu mente el camino o la trayectoria que debería tomar la bola, pero alejándose o despegándose del resultado. Si lo hacemos bien, en ritmo, entrará. Y si no entra patearemos otra vez utilizando la misma técnica mental.  También nos aportará un aprendizaje, sobre todo a los jóvenes, sobre la obtención de resultados inmediatos, quieres que algo sea como quieres y lo quieres ya, pero acostumbrarse a que no siempre será de esa forma ayuda a gestionarse mentalmente.

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